El acto de compadecer

Por: Andrés Aguirre Martínez | Director General

La vida sentimental y emocional de los seres humanos, juega un papel trascendental en la existencia. Es lo primero que se manifiesta en un niño, mucho antes que las facultades racionales y volitivas que se desarrollan en una época posterior. Emociones como el miedo, han jugado un papel fundamental para la supervivencia biológica y se manifiestan de manera espontánea en el recién nacido: reaccionan con desagrado ante los ruidos súbitos y fuertes. Pero existe en la vida afectiva un sentimiento que es esencial para una vida más humana: la compasión. Sin ella, no es fácil la ayuda al vulnerable que es sello distintivo de una verdadera humanidad.

La compasión según el diccionario de la lengua española es: “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien.” Es superior a la comprensión de dos maneras: se puede comprender a alguien, sin que eso mueva a la ayuda, como simple manifestación racional del reconocimiento de una circunstancia problemática que una persona o sociedad padece; pero también se puede querer comprender a otro, para poder infligirle un daño, como haría un sádico, de tal forma que tenga herramientas para causar un daño mayor a su víctima.

La compasión requiere cultivar cuatro facultades. En primer lugar, la “imaginación ética” que es la capacidad de ver y verse en el relato de la vida del otro y juzgar su situación como algo que es causa de dolor y sufrimiento; el desinterés por lo que le sucede a los demás, es su opuesto. En segundo lugar está el juicio de no responsabilidad sobre lo que ocurre: cuando a quien padece le atribuimos una propia causalidad en sus circunstancias, se valorará como la consecuencia normal que se debe padecer por la propia actuación y se le mirará como la víctima de su propio invento. Con mucha frecuencia la compasión se ahoga con las suspicacias y prejuicios que se tienen sobre los demás. La indolencia tiene aquí una buena disculpa. Se juzga el dolor del otro como la condena que debe padecer por sus malas acciones y omisiones. En tercer lugar, saber que existe una similitud de posibilidades, que lo que al otro le sucede, puede suceder en uno mismo, que se es potencialmente igual de vulnerable.

Hay que anotar que la compasión también cabe sentirla por otros seres vivos, en la medida en que se comparten semejanzas corpóreas y sensibles así sea con otros niveles. Y finalmente la compasión no debe sentirse solo de quienes son allegados o con aquellos con los cuales hay un vínculo: esa sería una expresión del afecto natural. Se está llamado a cultivar una compasión extendida con todos los demás, que conmueva y mueva al apoyo y a una ampliación de la solidaridad. Una compasión interesada y egoísta más que dolerse del otro, es el dolor de sí mismo.

Cuando una persona tiene insensibilidad en la piel por algún problema neurológico, tiene una especial labilidad a sufrir heridas cutáneas en la zona afectada. Se pierde la protección que se deriva del dolor ante una injuria. Cuando se pierde la sensibilidad por el dolor de los demás, se hará un daño a la humanidad, que no es solo la de los otros sino la propia. Esencial es entonces, el acto de compadecer.