VIDA LLENA DE VALENTÍA

Por: Andrea Milena González | Paciente unidad de cancerología y enfermera del Hospital Pablo Tobón Uribe.

Un testimonio de una paciente que sufrió de cáncer que motiva a seguir adelante y luchar por lo que se quiere.

Cuando se inicia un proceso oncológico a causa de un cáncer de mama y se debe someter a múltiples tratamientos como quimioterapia, radioterapia, cirugías con resección y reconstrucción mamaria, donde señalan hasta un año de tratamiento, es inmenso el tiempo y en ese instante se convierte en una eternidad.

Sinceramente, pensaba que no iba a lograrlo, que tanto tiempo era más que un sacrificio y sentir la tristeza de tener que cambiar todo mi estilo de vida para lograr recuperar mi salud, la que había perdido a causa de unas células tumorales que llegaron a mí estando joven.

Por eso, sentir tristeza, dolor y miedo a muchas cosas que se empiezan con todo tratamiento oncológico es normal. Somos seres humanos que siempre hemos deseado y pensado que nunca nos pasa a nosotros, lo vemos en los demás pero nunca que la enfermedad tocará nuestras vidas.

Elaborar el duelo, llorar, sentir rabia, miedo, sentirse derrotado, hasta ver cómo nuestra autoimagen y autoestima se pueden afectar a causa de todos los cambios que ocasiona la enfermedad y el tratamiento, permite asumir todo con altibajos pero más con valentía.

Sentir que logras atravesar un camino lleno de obstáculos y sacrificios, vale la pena. Que la aceptación de la enfermedad es el primer paso para luchar y llegar a la meta final, no siempre es el final de una historia, puede ser el comienzo de otra nueva historia, porque esa nueva historia es la que abre las puertas del corazón y el alma para ser feliz en cada instante de la vida, y así poder conquistar la felicidad sin tener muchas cosas materiales, sino la conversión espiritual y la esperanza que cada día será mejor que el anterior.

Cada tratamiento finalizado en el Hospital Pablo Tobón Uribe me hizo sentir que todos somos capaces, que nunca desconfiemos de la grandeza de Dios para fortalecernos y recorrer cada camino. Que Dios les da a los profesionales del área de la salud todos los conocimientos para aportar a nuestra recuperación.

Ante todo, aceptar es el inicio para soportar con humildad y paciencia cada punción, cada dolor, efectos secundarios a las quimioterapias, ver cómo se cae el cabello pero también ver cómo crece, cómo recuperas tus fuerzas, ánimos y sobre todo cómo continúan las ganas de vivir y seguir adelante viendo la enfermedad no como mala suerte, o pérdida sino como madurez para afrontar los momentos más difíciles donde siempre podemos salir victoriosos.

Mi graduación al terminar la quimioterapia la describo como un logro, una realidad difícil de ocultar pero fácil de aprender para bien no solo mío sino de mis seres queridos, donde la graduación es recibir después de una tristeza, una alegría. Así es la virtud del dolor, tener las agallas, el amor, la perseverancia, el sacrificio y muy poco ver cada situación como negativo sacando lo positivo de cada aprendizaje.

Me convierto en merecedor de disfrutar con amor, paciencia y valor los pequeños momentos, sentir cómo la recuperación comienza poco a poco, ver cómo las fuerzas van fluyendo, saliendo en un tiempo determinado y sin afanes. Esto me ha permitido reconocer mis virtudes, mis defectos, aceptarme como soy pero también renovar mis pensamientos, mi forma de ver a los demás, sentir que abro mis ojos para tener un día lleno de maravillas, unas maravillas que siempre había tenido pero que solo hacían parte de la rutina.

He logrado sentirme útil. Recuperar la salud te hace inmune ante lo negativo, es curioso pero me he llenado de la gracia de Dios para ir encontrando la salida a cada situación difícil. Hago cosas nuevas y que son un potencial en mi vida, por ejemplo escribir, también tengo el valor de pararme en público y hablar desde mi experiencia para ser testimonio, llegar al corazón de los demás sin conocerlos y darles un mensaje de esperanza.

Hoy en el 2016 sigo luchando, todo lo que he aprendido sigue siendo el pilar para no derrumbarme. Aprendí que llorar no es solo la solución, sino que la esperanza se convierte en otra columna vertebral indispensable para no caer en el dolor. Ahora siento que vivir es lindo como lo he sentido siempre, que no todo es perfecto, pero se hace perfecto cuando decides llenarte de ganas, de confianza en Dios, no dejar que todo sea cáncer, sino verlo como un cambio en el estilo de vida. Donde eres tan útil como tu cuerpo y mente lo permitan, que nadie hace mejor la vida sino yo misma.

Por eso lucha hasta que tus fuerzas, sentimientos y realidad te permitan, es decir, hasta el final. Construye momentos felices, con las personas que son importantes y amas, mira a cada persona con admiración, acepta lo que pasa pero no te dejes derrumbar. Tienes que tomar medicamentos, hacerte exámenes, someterte a terapias con efectos intolerantes; son sensaciones incómodas, hay momentos de dolor. Todo es duro, pero pasa.

Ahora si eres tú el que pasa por una situación igual, piensa en las miles de personas que han superado todo, continúan en seguimiento, tratamiento indefinido, o son sanos; entonces dirás “yo también puedo”. La vida no se mide en años, sino en lo mucho que aproveches cada minuto del día. No te alejes de Dios, ni de la fe, ni de la esperanza.