virtud y felicidad

Por: Andrés Aguirre Martínez | Director general

El desarrollo que tenemos como seres humanos, no desde el punto de vista biológico sino en el plano personal, es todo un reto. Este consiste en superar un par de intereses que confluyen en los primeros años de vida, necesarios en la infancia, pero que paradójicamente si permanecen, se convierten en el peor obstáculo para avanzar en madurez. Estos intereses no son otros: que el interés exclusivo en uno mismo, y el sano y necesario interés de protección y cuidado que se requiere de los seres allegados. Este par de intereses, concentrados y reconcentrados, crean una actitud narcisista, individualista y egocéntrica, en las antípodas de lo que es una verdadera humanidad, caracterizada por una sana autoestima, que reconozca a los demás y orientada a una coexistencia solidaria.

No resulta fácil desprenderse de ese remolino que lo concentra todo, que pone el mundo y las personas a girar como satélites en un centro de gravedad que es equivocado. Hay que resistir a esta errónea realidad. Esa resistencia, basada en la voluntad y para un fin noble, es lo que en la Grecia clásica denominaron: virtud. De acuerdo con el diccionario, virtud es: actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos; fuerza, vigor o valor; poder o potestad de obrar. La virtud, requiere ser puesta en práctica. No se puede ser virtuoso en nada, a punta de solo teoría y ello tiene que ver con avanzar en la propia humanidad. Y ese virtuosismo se forja en los problemas. Así como no habría buenos marineros entrenados solo en mares calmos, pretender formarse en medio de una existencia basada en la comodidad, la facilidad y la abundancia, no pasa de ser una vana ilusión. Hoy se pretende vender una vida que resulta falsa: basada en la espontaneidad y en la ausencia de tensiones. Esta visión lleva a la postre a vidas innanes y fracasadas; es una visión que vende porque parece atractiva, pero lo que al final compra es una existencia vacía y sin sentido. Esta es una compra con claro sentido de pérdida. Lo contrario de la virtud es el vicio y existen muchos tipos de ellos, que son reflejo de lo mismo, de pretender centrar la vida en cosas que la dispersan y la difuminan, que debilitan la esencia de la humanidad. La virtud es descubrir y canalizar la propia fuerza interior, la que se acrecienta mediante su ejercicio. Igual que los músculos en total reposo, se atrofian, la persona humana lo hace con la abulia que es pasividad, desinterés y falta de voluntad. La virtud no es alcanzar un estado perfecto, es dinamismo en búsqueda de una mayor perfección. Ello conlleva lucha y trabajo cotidiano. La palabra lucha proviene de una raíz indoeuropera que significaba doblar y girar, de ahí tambien la palabra luxación. Y aquí se encuentra una bella paradoja: la vida recta, exige hacerle el rodeo a lo trivial y atrayente, para buscar lo verdaderamente sustancial.

Bella es la tradición confusiana que habla de cinco virtudes para respetar: benevolencia, justicia, cortesía, sabiduría y fidelidad. Las dos últimas tienen que ver con sí mismo y son fundamentales para que florezcan las tres primeras que tienen que ver con los demás. La vida virtuosa tiene por tanto, dos centros de gravedad y no uno solo. Esto duplica y multiplica la fuerza de vivir y la felicidad a la que se aspira. “El compromiso de ponerse en acción por la felicidad de los semejantes…en él se expresa, de la manera más sublime, la fuerza inclaudicable del espíritu humano”. La virtud es felicidad.